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jueves, 16 de enero de 2014

Cuando la baja inflación es un problema

por Antonio Argandoña

ALMO OPINION.- ¡Tantos años quejándonos de la inflación alta, y ahora nos quejamos de que sea tan baja (0,3% el Índice de precios de consumo en diciembre de 2013). Ayer me preguntaron en una televisión si ese problema existía. Y dije que claro, todo es posible, pero que no me parecía un problema importante.

Lo malo no es la deflación (la caída de precios), sino la deflación con recesión. Es lógico que los precios caigan si la demanda cae, y eso es lo que ha ocurrido en los últimos años. Los precios, además, caen con retraso, de modo que primero viene la recesión y más tarde viene la deflación. Si con esta no viene la recuperación de la demanda y de la producción, los precios seguirán cayendo, y entonces el problema se hace grave. La clave está, pues, en si 2014 verá una recuperación de la actividad económica. Porque si hay más producción, aunque caigan los precios, las cosas irán mejor.

Hay otro factor importante, que es la reducción de los costes y el aumento de la productividad, que es otra manera de decir que los costes (por unidad de producto) bajan. Hemos asistido durante unos años a moderación salarial y a grandes reducciones de plantilla, que mejoran la competitividad y la rentabilidad de las empresas. Eso es lo que explica que la producción haya tocado fondo y empiece a crecer. Y esto, de nuevo, no es malo.

La deflación es un mal grave cuando los tipos de interés reales (nominales menos inflación, o sea, nominales más deflación) crecen, y esto repercute negativamente en la capacidad de invertir y producir de las empresas. Pero me parece que aunque veamos ahora tasas de inflación próximas a cero, o incluso negativas algunos meses y para algunos productos, esto no va a provocar la espiral deflación – deuda – depresión de que hablaba Irving Fisher (depresión significa caída de precios, o sea, tipos de interés reales negativos, que acentúa el coste de la deuda, lo que frenta la inversión y el consumo, lo que vuelve a provocar otra ola de depresión…).

De todos modos, ya sabe el lector que los economistas somos muy malos haciendo predicciones, sobre todo si son de futuro.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Por qué es tan difícil erradicar la pobreza

Antonio Argandoña  IESE (UNAV España)
La Brookings Institution publicó hace unos días en su blog una entrada titulada “La Guerra a la Pobreza: ¿qué salió mal?” (aquí, en inglés). La Guerra a la Pobreza fue una iniciativa del presidente norteamericano Lyndon Johnson, que ha cumplido ahora medio siglo de antigüedad (la iniciativa, no el presidente). Ron Haskins, el autor de la entrada, señala que la Guerra empezó muy bien, pero perdió fuerza inmediatamente: el porcentaje de personas en pobreza bajó del 30% en 1964 a un 12,1% en promedio desde finales de esa década, y ya no ha vuelto a reducirse; fue del 15% en los últimos tres años.

Haskins cuenta que en 2012 había en Estrados Unidos 46,5 millones de personas en situación de pobreza, y que en ese año la asignación para combatirla era de 1.000 millones, lo que da un promedio de 22.000 dólares por persona, por encima del nivel de pobreza (que en 2013 era de 20.000 dólares). Ya está, ¿no?

Pues no, porque lo que cuenta no es dar un pez a una persona hambrienta un día, sino enseñarle a pescar. No es justo dar de comer la sopa boba a 46 millones de personas cada año, porque, además, esto animaría a otros muchos a vivir sin trabajar. Lo importante es que esas personas puedan volver a producir y ganar, recuperar el control de su vida y salir definitivamente de la miseria. Y esto no es fácil, a la vista de problemas como la educación (o falta de la misma), la composición de las familias y su reducida capacidad para trabajar. Haskins señala la baja calidad de la educación de esas personas, la existencia de familias desestructuradas, cómo los problemas de los padres se prolongan en los hijos, y las dificultades de esas personas para conseguir un empleo sostenible.


He querido traer esto a colación porque hay personas que piensan que lo que hay que hacer es repartir la riqueza, para que todos tengan lo suficiente. Ya se ve que el problema es otro: cómo devolver a todas las personas la capacidad de generar sus propios ingresos, más allá de la caridad pública.