miércoles, 12 de febrero de 2014

OPINION: El capital moral: la base de la confianza

ALMO.- PERCY AÑEZ CASTEDO Desde La Riqueza de las Naciones (1776), Adam Smith rompe con la visión newtoniana de entender la mano de obra como mera capacidad de fuerza bruta e incluye todas las capacidades adquiridas por los habitantes de un país como su capital más importante. Después del legado del ilustrado escocés, durante mucho tiempo, solo hubo continuadores de su teoría.

Recién a mediados del siglo XX, Theodore Schultz, fue quien superó la diferencia entre capital y trabajo bajo la formulación del concepto de Capital Humano. Un pensamiento verdaderamente revolucionario, ya que en gran medida, gracias a él, hoy nuestras empresas entienden o al menos aceptan la importancia de que el dinero que se gasta en la educación, salud y formación del trabajador no es gasto, sino inversión. El trabajo deja de ser una capacidad medida en términos de fuerza bruta, para convertirse en el objeto de las inversiones, entendiendo que todas las mejoras laborales sirven para alcanzar mayor productividad, y cómo no, tener una idea más amplia de dignidad humana. A partir del concepto de Capital Humano surgen importantes derivados.

Thomas Stewart definió el Capital Intelectual como los activos intangibles que permiten funcionar una compañía, y podemos atrevernos a decir que también una sociedad. Para Stewart el conocimiento es capital porque se acumula y puede ser almacenado para su uso. Asimismo, Robert Putnam y Francis Fukuyama, son los padres del concepto de Capital Social, que se basa en las normas recíprocas de conducta, especialmente en la actitud de confianza. Un entorno empresarial y social donde la palabra constituye una obligación, donde cada quien cumple su promesa, desarrolla relaciones de trabajo fluidas, se reducen los costes de transacción y el éxito es casi seguro.

Llegar a comprender que el beneficio que genera la confianza sí puede ser calculado, es primordial para eliminar las trabas diarias que aquejan nuestras transacciones y emprendimientos. Consideremos todo lo que se gasta en notarios, abogados y trámites burocráticos. Desde la escolaridad se nos enseña maneras de cómo desconfiar, pero no cómo uno puede volverse confiable y serlo verdaderamente. Cuando podamos intuir o medir el costo social que genera la falta de confianza, empezaremos a fomentarla. Ahora bien, no se trata simplemente de confianza, sino de ser digno de ella, caso contrario, estaríamos obligados a añadir en este punto a narcotraficantes, mafiosos u otros grupos irregulares que funcionan también bajo el criterio de la confianza.

Alejo Sison considera que el incremento de la confianza genera cohesión social, facilita las iniciativas empresariales e impulsa la competitividad económica, pero observa que debe haber algo más allá de la confianza, algo que sea la verdadera fuente de valor entre las personas, e identifica el Capital Moral. Para Sison no hay capital humano, intelectual o social que sea capaz de suplir la carencia de capital moral. Sin el capital moral, todas las formas de capital que se erigen como fortalezas organizativas pueden convertirse en causas de la propia destrucción. 


Por ello, contar primero con capital moral en una colectividad, hace que sea más fácil conseguir capital humano, intelectual y social, no al revés. En otras palabras, la formación ética y antropológica está por encima de los saberes de carácter técnico; estos últimos deben estar subordinados, no por una condición de inferioridad, sino porque las formas de capital humano aisladas del capital moral pueden tomar una deriva peligrosa y nociva para la sociedad. 

martes, 4 de febrero de 2014

OPINION; Para entender el pensamiento de Francisco

Por Robert A Sirico 

 En 2005 fui invitado a Roma por la BBC tras la muerte de Juan Pablo II y el subsiguiente cónclave, en el que se elegiría a Joseph Ratzinger como Benedicto XVI. El día que los cardenales ingresaron en el cónclave estaba con el corresponsal de la BBC Brian Hanrahan (fallecido en 2010) que no creía que el Colegio Cardenalicio eligiera a Ratzinger, quien acababa de ofrecer la memorable homilía frente a los cardenales en la que denunciaba la "dictadura del relativismo".

¿Puede una persona tan estrecha de mente -me preguntaron- terminar siendo papa? Yo defendí que Ratzinger era una persona bien conocida por cada uno de los cardenales y que era quien tenía la mayor probabilidad de ser elegido. Comenté, sin embargo, que una "versión más amigable" de Ratzinger también podría ser elegida y especulé con que tal vez ésta podría ser "Bergoglio de Argentina". Fallé por ocho años.
Inesperadamente, el año pasado, me encontré nuevamente en Roma. El hombre que iba a aparecer en la Basílica de San Pedro me era familiar. Sin embargo, este papa de muchas primicias (el primero en tomar el nombre de Francisco, el primer jesuita, el primero del continente americano) tenía preparadas muchas sorpresas propias. Para quienes somos seguidores de la institución papal, Francisco nos ofrece una fuente constante de material para la reflexión.
A los comentadores de los últimos 30 años acostumbrados a explicar el significado de los densos textos teológicos y filosóficos magisteriales, la simplicidad y la espontaneidad de Francisco pueden causar algo de confusión. Mientras que su predecesor enseñó empleando palabras precisas y matizados argumentos, Francisco habla con valentía a través de gestos efectivos y emotivos. Un tierno abrazo a un hombre deformado vale como una encíclica entera sobre el amor. Y en la era de Internet, es accesible de inmediato para millones de personas.
No es una sorpresa que el hombre que tomó como referente y nombre el modelo de il poverello d'Assisi haya puesto a los pobres en el centro de su pontificado. Sin embargo, los gestos espontáneos y la manera improvisada en que se manifiestan no deben llevarnos al error de pensar que este papa está ofreciendo una dicotomía superflua entre izquierda y derecha, entre capitalismo y socialismo. Creer que cualquier papa, y este papa en particular, está inspirado por una ideología concreta en su preocupación por los más vulnerables es errar por completo.
Francisco rechaza la idea de que sólo el mercado puede satisfacer las necesidades humanas, pero también denuncia "el asistencialismo" que crea dependencia en los pobres y reduce el papel de la Iglesia al de una ONG como cualquier otra. La complejidad de su pensamiento sorprende tanto a la derecha (algunos que se preocupan innecesariamente creyendo que es un teólogo de la liberación) como a la izquierda (a los que utilizan sus palabras para fomentar una "Revolución Francisco" en su nombre). Esto revela la comprensión anémica que se tiene de Francisco como persona, pero también del catolicismo, que históricamente ha balanceado las tensiones de paradojas aparentes (lo divino y lo humano, la Virginidad y la Maternidad, etc.). Es una tentación demasiado fácil reducir dos mil años de tradición, de reflexión y de experiencia vivida a cuatro o cinco frases impactantes y políticamente correctas, prioritarias para la agenda de los propagandistas, pero no para la Iglesia.
Si se quiere entender lo que piensa Francisco de los pobres sería bueno atender con mayor objetividad a la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium de la que tanto se ha hablado y a la que tan poco se ha leído. Rápidamente se pone de manifiesto que esta Exhortación es una extensión de una aguda percepción de Jorge Bergoglio cuando era arzobispo de Buenos Aires: "No podemos responder con verdad al desafío de erradicar la exclusión y la pobreza, si los pobres siguen siendo objetos, destinatarios de la acción del Estado y de otras organizaciones en un sentido paternalista y asistencialista, y no sujetos, donde el Estado y la sociedad generan las condiciones sociales que promuevan y tutelen sus derechos y les permitan ser constructores de su propio destino." (Conferencia Las deudas sociales, 2009)
Encuentro dos desafíos innovadores en estas palabras, que podrían suponer el inicio de un largo camino para despolitizar el debate sobre la pobreza y la riqueza.
Imaginemos si todos los que actualmente participan en el debate sobre estos temas se hicieran preguntas tales como "¿qué cosas excluyen a los pobres del camino a la prosperidad?", o "¿cómo sería una sociedad que dejara de ver a los pobres como meros objetos de ayuda paternalista y los viera como artífices de su propio destino?"
Los detalles respecto de medidas concretas de acción política no están ni en el corazón ni en el alma de la increíble atracción que despierta Francisco en las personas de todo el mundo. No es su motivación política lo que nos conmueve cuando somos testigos del modo en que asume y abraza la fragilidad humana.
De una manera monumental e imprevista el papa Francisco está cambiando las cansadas conversaciones del pasado y nos invita a comprometernos en el camino de sanación que desesperadamente necesita nuestro mundo. Casi él solo está transformando el modo en que se mira al catolicismo, no cambiando el catolicismo, sino recuperando muchas de las ricas tradiciones que atesora y devolviéndolas al primer plano.
Su estrategia proviene de su visión de la Iglesia, y no es algo secreto. Francisco ve a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. "¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas...", dijo en una entrevista con Antonio Spadaro SJ, en La Civiltà Cattolica).
Curar las heridas, sí. Y luego despertar a la sociedad a la fuente más grande de todas: la persona humana. Ése es el camino para salir de la pobreza.

FUENTE: The Detroit News; su autor es presidente y cofundador del Acton Institute

lunes, 3 de febrero de 2014

OPINION: ARGENTINA PARALIZADA

ALMO OPINION.- Alberto Benegas Lynch.- 
El título de esta nota no se refiere a la tan reiterada caída de reservas, ni a la expansión de la base monetaria, ni a la crisis energética, ni a la asfixia que generan las mal llamadas retenciones (en verdad impuestos), ni a los precios obligados por el aparato estatal, ni a las idas y venidas en el mercado cambiario, ni a la creciente liquidación de los marcos institucionales, ni a la colosal presión tributaria, ni a los sucesos en el ámbito laboral, ni a los empresarios genuflexos y prebendarios, ni los astronómicos gastos gubernamentales y creciente deuda pública interna, ni el incontrolable déficit presupuestario, ni tantos otros temas que ocurren en nuestra tierra.

A esta altura, es necesario mirar desde otro ángulo, especialmente después del discurso por cadena nacional de la Presidente luego de una abstinencia de 35 días. Argentina está paralizada porque toda la llamada oposición y buena parte de la población se queda sin aliento y solo atina a marcar contradicciones en cuanto a que la titular de la Casa Rosada habló de los salarios en dólares cuando parece que no hay que hablar de esa divisa (serán oficiales?). Pero conjeturamos que prácticamente nadie criticará el anuncio de que el Estado, léase los contribuyentes, entregará sumas a jóvenes entre 18 y 24 años que reúnan ciertas características.

Esto es así porque la inmensa mayoría considera que el aparato estatal debe jugar al Papá Noel y entregar graciosamente el fruto del trabajo ajeno sin percatarse que, de ese modo, cada vez habrá más gente bajo la línea de la pobreza. La conjetura se basa en la lucha titánica de la mencionada oposición para atribuirse la paternidad de la asignación universal por hijo y, ahora, ya hemos escuchado a quienes sostienen que en su jurisdicción vienen aplicando el anunciado plan Progresar con otros nombres y hay otras voces que se ufanan que ejecutarán algo parecido en un futuro próximo.

Personalmente tengo una idea mejor: ¿por qué no agregar sumas dinerarias para la franja de 24 a 36 años de quienes están en dificultades, en una primera etapa para luego incorporar también a los que van de 36 a 62 y, finalmente, los que van de 62 a 92 (que no es un asunto menor) al efecto de cubrir todo el espectro de los que la pasan mal que son cada vez más. Creo que es una buena idea para ganar elecciones a pesar de encontrarnos en situación de quiebra.

¿No es acaso hora de darnos cuenta después de más de siete décadas de fracasos en los que papá Estado crea incentivos perversos al tiempo que se demuele el Estado de Derecho? ¿No es acaso el momento de hacer un alto en el camino y comprender que el respeto recíproco basado en la propiedad privada atrae inversiones que es lo único que permite elevar el nivel de vida de todos, muy especialmente de la de los más necesitados? ¿Es necesario recorrer el camino de Venezuela donde no hay ni papel higiénico o de Cuba donde los niños deben escribir en sus cuadernos con lápiz para que pueda borrar el siguiente alumno y anotar las instrucciones de lavado de cerebro que impone el maestro-comisario de turno?

¿No es conveniente repasar historia argentina para constatar que la visión alberdiana permitió que los salarios e ingresos en términos reales de los peones rurales y los obreros de la incipiente industria en este país eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia y España y que la gente venía a hacerse la América hasta que irrumpieron los fascismos populistas en los treinta acentuados en los cuarenta? ¿Por qué no ensayamos ser libres como en la época referida en la que competíamos con Estados Unidos hoy lamentablemente latino americanizado?


Por último, ya que se mencionó el llamado neoliberalismo en el discurso oficial de marras, reitero que es una etiqueta inexistente puesto que ningún intelectual serio de nuestra época en ninguna parte del mundo se reconoce bajo esa denominación. Se trata del liberalismo, desafortunadamente del que no hay ni vestigios desde que en el treinta, junto a la innecesaria quiebra del sistema institucional, el Leviatán inauguró el control de cambios, instaló la banca central, el impuesto progresivo y las juntas reguladoras en el contexto de una proyectada reforma constitucional fascista.

miércoles, 29 de enero de 2014

GUATEMALA: LOS HUERFANOS ABANDONADOS

María Anastasia O´Grady.
Cuando me agaché para tomar en brazos a la niña de 1 año de pantalones rosados, calcetines morados y sudadera desgastada, esperaba que empezara a llorar. Es lo que habitualmente hacen los niños cuando un desconocido se les acerca más de la cuenta. Pero en lugar de llorar, sólo me miró y pestañeó.

Un momento después, su pequeña boca dibujó una sonrisa. Cuando la balanceé suavemente un par de vez sobre mi cadera, se echó a reír. Otros seis niños, más o menos de la misma edad, me miraban desde sus sillitas, esperando con ansiedad su turno para que los cogiera en brazos.

Susana (no es su nombre verdadero) tiene un rostro ovalado, ojos negros y anchos, piel de color oliva claro y cabello negro. Es una huérfana que fue abandonada al nacer. Pero eso no quiere decir que no haya quien la quiera. No sería muy difícil colocarla con una familia que la ame y le provea el apoyo y la educación que todo niño merece. No obstante, las autoridades guatemaltecas están negando ese derecho de nacimiento de forma sistemática.

Susana ha vivido desde que tenía dos días de vida en el Hogar Luz de María, un orfanato privado en el lado oeste de la capital guatemalteca. Es una vida mucho mejor a la que podría haber tenido en el abarrotado orfanato estatal, donde hay historias de violencia y negligencia. El Hogar Luz de María, sin embargo, sobrevive gracias a las donaciones privadas y su presupuesto es limitado. La atención individualizada y el afecto son lujos.

Unicef, el organismo de Naciones Unidas que se autodenomina el defensor de los niños del mundo, tiene mucho por lo que responder en el caso de la institucionalización de Susana y miles de otros huérfanos guatemaltecos. Unicef señala que no se opone a la adopción. Sin embargo, en 2007 y con la ayuda del Departamento de Estado de Estados Unidos presionó de forma exitosa a Guatemala, al igual que ya había hecho con la mayoría de los demás países en desarrollo, para que detuviera el flujo significativo de salidas de niños abandonados que eran adoptados por familias en EE.UU.

Para controlar la situación, el Congreso guatemalteco creó una sola burocracia estatal denominada el Consejo Nacional de Adopciones (CNA) y las agencias privadas de adopción fueron prohibidas. La nueva ley estableció una moratoria sobre las adopciones internacionales, que cada año solían encontrar un hogar para miles de niños.

Escribí sobre la crueldad de esta "reforma" el año pasado. Desde entonces, la situación sólo ha empeorado.

Dinora Palacios, quien administra el Hogar Luz de María, tenía 10 niños a su cargo cuando el orfanato abrió sus puertas en 2004. Hace dos años, la cifra había subido a 20. El año pasado, ya llegaba a 30 y ahora tiene 45. Los funcionarios estatales le siguen trayendo niños porque el orfanato del gobierno no da abasto.

Un problema es que Guatemala no cuenta con una sólida cultura de adopción. De modo que mientras el CNA se jacta de decir que los bebés ya no son "exportados", no menciona la tragedia de los niños que se amontonan en las instituciones porque no se les puede encontrar un hogar en el país. Unicef informó en abril de 2013 que había unos 5.800 niños en el sistema que alberga a los huérfanos. Algunos expertos locales dicen que la cifra es más alta.

Los burócratas han pasado un año buscando a la madre de nacimiento de Susana. No la han encontrado, lo que significa que el bebé será a la larga clasificado como "adoptable". Pero puesto que ya dejó de ser un bebé, las probabilidades de que encuentre un hogar en Guatemala ya han disminuido. Ahora, debe pasar por los tribunales de familia, que tienen muchos casos atrasados, y la burocracia, que se mueve a paso de tortuga. El costo emocional de enfrentar las incertidumbres burocráticas es un factor que puede disuadir a los potenciales padres.

La situación puede ser más sombría. Si las autoridades creen que han encontrado a la madre de un niño abandonado, debe comparecer ante el juez y someterse a una prueba de ADN. No es extraño que algunas "sospechosas" eludan la prueba del ADN durante meses, lo que significa un nuevo retraso en el proceso. Si la prueba confirma la maternidad, la madre debe inscribirse en una "terapia" diseñada para obligarla a reunirse con su hijo.

Las madres que han soportado la terapia estatal dicen haber sentido una presión intensa que incluye amenazas de encarcelamiento y grandes dosis de culpa. Si la madre cede, o algún miembro de la familia decide hacerse cargo del niño, Unicef puede ver una adopción menos en los libros de Guatemala y es otra victoria para el CNA.

Las consecuencias no deseadas de esta política retorcida son innumerables. Una guatemalteca que siente que no está preparada para abordar la maternidad ahora tiene más probabilidades de abandonar su bebé que de ofrecerlo en adopción para evitar afrontar la agotadora manipulación psicológica del gobierno. Muchos bebés quedan abandonados en los hospitales. Pero también es común leer noticias en la prensa sobre bebés encontrados en los autobuses y en los cubos de basura.
Es cierto que antes de la entrada en vigor de la ley había algunos abogados faltos de escrúpulos en el negocio de las adopciones en Guatemala. Pero la policía los podría haber detectado y cerrado sus operaciones sin hacer trizas las probabilidades de que miles de huérfanos encuentren una familia que los quiera.

El director del CNA le dijo este mes al diario guatemalteco La Hora que "toda esta normativa está enmarcada en los derechos de la niñez" de vivir en la cultura y hablar el idioma de su región de nacimiento. Cualquiera que tenga una comprensión tan primitiva de las necesidades de los niños no debería estar supervisando su bienestar.

Artículo publicado originalmente en The Wall Street Journal

jueves, 16 de enero de 2014

Cuando la baja inflación es un problema

por Antonio Argandoña

ALMO OPINION.- ¡Tantos años quejándonos de la inflación alta, y ahora nos quejamos de que sea tan baja (0,3% el Índice de precios de consumo en diciembre de 2013). Ayer me preguntaron en una televisión si ese problema existía. Y dije que claro, todo es posible, pero que no me parecía un problema importante.

Lo malo no es la deflación (la caída de precios), sino la deflación con recesión. Es lógico que los precios caigan si la demanda cae, y eso es lo que ha ocurrido en los últimos años. Los precios, además, caen con retraso, de modo que primero viene la recesión y más tarde viene la deflación. Si con esta no viene la recuperación de la demanda y de la producción, los precios seguirán cayendo, y entonces el problema se hace grave. La clave está, pues, en si 2014 verá una recuperación de la actividad económica. Porque si hay más producción, aunque caigan los precios, las cosas irán mejor.

Hay otro factor importante, que es la reducción de los costes y el aumento de la productividad, que es otra manera de decir que los costes (por unidad de producto) bajan. Hemos asistido durante unos años a moderación salarial y a grandes reducciones de plantilla, que mejoran la competitividad y la rentabilidad de las empresas. Eso es lo que explica que la producción haya tocado fondo y empiece a crecer. Y esto, de nuevo, no es malo.

La deflación es un mal grave cuando los tipos de interés reales (nominales menos inflación, o sea, nominales más deflación) crecen, y esto repercute negativamente en la capacidad de invertir y producir de las empresas. Pero me parece que aunque veamos ahora tasas de inflación próximas a cero, o incluso negativas algunos meses y para algunos productos, esto no va a provocar la espiral deflación – deuda – depresión de que hablaba Irving Fisher (depresión significa caída de precios, o sea, tipos de interés reales negativos, que acentúa el coste de la deuda, lo que frenta la inversión y el consumo, lo que vuelve a provocar otra ola de depresión…).

De todos modos, ya sabe el lector que los economistas somos muy malos haciendo predicciones, sobre todo si son de futuro.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Por qué es tan difícil erradicar la pobreza

Antonio Argandoña  IESE (UNAV España)
La Brookings Institution publicó hace unos días en su blog una entrada titulada “La Guerra a la Pobreza: ¿qué salió mal?” (aquí, en inglés). La Guerra a la Pobreza fue una iniciativa del presidente norteamericano Lyndon Johnson, que ha cumplido ahora medio siglo de antigüedad (la iniciativa, no el presidente). Ron Haskins, el autor de la entrada, señala que la Guerra empezó muy bien, pero perdió fuerza inmediatamente: el porcentaje de personas en pobreza bajó del 30% en 1964 a un 12,1% en promedio desde finales de esa década, y ya no ha vuelto a reducirse; fue del 15% en los últimos tres años.

Haskins cuenta que en 2012 había en Estrados Unidos 46,5 millones de personas en situación de pobreza, y que en ese año la asignación para combatirla era de 1.000 millones, lo que da un promedio de 22.000 dólares por persona, por encima del nivel de pobreza (que en 2013 era de 20.000 dólares). Ya está, ¿no?

Pues no, porque lo que cuenta no es dar un pez a una persona hambrienta un día, sino enseñarle a pescar. No es justo dar de comer la sopa boba a 46 millones de personas cada año, porque, además, esto animaría a otros muchos a vivir sin trabajar. Lo importante es que esas personas puedan volver a producir y ganar, recuperar el control de su vida y salir definitivamente de la miseria. Y esto no es fácil, a la vista de problemas como la educación (o falta de la misma), la composición de las familias y su reducida capacidad para trabajar. Haskins señala la baja calidad de la educación de esas personas, la existencia de familias desestructuradas, cómo los problemas de los padres se prolongan en los hijos, y las dificultades de esas personas para conseguir un empleo sostenible.


He querido traer esto a colación porque hay personas que piensan que lo que hay que hacer es repartir la riqueza, para que todos tengan lo suficiente. Ya se ve que el problema es otro: cómo devolver a todas las personas la capacidad de generar sus propios ingresos, más allá de la caridad pública.  

lunes, 2 de diciembre de 2013

SABERSE VULNERABLES

ALFONSO AGUILÓ.- “El caudal de las noches vacías” es la última novela de Mercedes Salisachs, que ha escrito con gran dificultad, a sus 96 años y aquejada de una grave enfermedad. La autora ha explicado que quiso escribir esta obra postrera porque tenía necesidad de hablar sobre una situación que observa cada vez con más frecuencia en las relaciones entre hombre y mujer.

El protagonista, Guillermo, es un sacerdote comprometido con su labor pastoral, con dotes literarias y don de palabra, atractivo, culto, pero un poco imprudente, que un buen día se encuentra aceptando, sin un motivo muy claro, ser profesor particular del hijo de una adinerada mujer divorciada. Sin pensarlo mucho tampoco, acepta poco después la invitación de esa mujer para pasar las vacaciones con ellos y así continuar la educación del hijo, que ha experimentado un enorme progreso gracias a las indudables cualidades de su nuevo profesor. Cuando quiere darse cuenta, Guillermo se ha convertido en el hombre de moda de los encuentros sociales de la clase alta de la ciudad. Poco a poco, su segura religiosidad y sus claros principios morales se van resquebrajando ante la sensualidad y el glamour de la mujer y de su entorno. En paralelo, vemos la trayectoria de su mejor amigo, un sacerdote llamado Esteban, que opta por el camino contrario y busca una vida de mayor austeridad y entrega a los demás. 

No es difícil adivinar quién acaba mejor. La novela describe con habilidad ese tipo de enamoramientos que son un autoengaño disfrazado de amor, una solemne trampa. Es verdad que el enamoramiento es una fase maravillosa que puede llevar a descubrir y a afianzar el verdadero amor. Pero también puede ser un estado de elipsis donde los sentidos cobran demasiada relevancia y el raciocinio se ofusca con sensaciones que nublan la mente y eclipsan la sensatez. 

Guillermo se da cuenta de los riesgos que corre, se da cuenta de que se engaña, pero se engaña a su vez pensando que es algo que puede controlar, se cree más fuerte de lo que en realidad es. Se aventura en caminos y enredos que casi siempre nacían de la vanidad, del dejarse llevar por impulsos poco rectos, de reflejos que convertían simples corazonadas en realidades infalibles. Es la historia de una infidelidad a lo que más apreciaba, la historia de cómo una persona inteligente y cultivada se va engañando poco a poco, de cómo las ideas claras son extremadamente vulnerables cuando una persona se deja envolver por la efusión del sexo, el poder, el lujo o la vanidad. La historia de la importancia de proteger nuestros puntos débiles. Porque uno puede resistir largo tiempo, pero luego, por unos cuantos descuidos, caer en el abismo. 

Cada persona debe construir una defensa en torno a sus puntos más vulnerables. Debe aprender de los tropiezos de otros, aprender a verse capaz de cometer los mismos errores que nos sorprenden tanto en los demás y en los que quizá a nosotros nos parece imposible caer. Saber que los halagos de cualquier vicio pueden ensombrecer nuestra razón igual que ha sucedido con otros. Detectar el fatalismo que rodea a esos engaños, que tantas veces son objetivamente absurdos o inviables pero que están avalados por la sinrazón que se ha apoderado de la persona. 

Se puede tener una excelente formación y una excelente tranquilidad y seguridad pero, si no se sabe controlar el corazón, cualquiera puede verse arrebatado por la locura de unos cuantos descuidos, que parecían perfectamente controlados, pero que acaban llevando a decisiones desastrosas. Cuántos desencantos producidos tras la explosión impactante de un cuerpo perfecto, o de una mirada abrasante, que tienen un “después” frustrante: porque en la pasión humana, la rutina siempre acecha, y fácilmente acaba por desentronizar lo que la mirada logró en su día entronizar. 

Reconocer la propia debilidad, saberse frágiles, alejar la altivez de esa prepotencia que nos hace exponernos a situaciones que quizá podemos superar habitualmente pero que no dejan de ser una temeridad innecesaria. Todo eso nos ayuda también a comprender los errores de los demás, incluso los que quizá nos parecen menos razonables, y guardar distancia con lo que vemos que ha perdido a otros.